jueves, septiembre 20, 2007
Voyage, voyage...Quinto día. Lo modelno, lo medieval y tributo a Los Miserables.
martes, septiembre 11, 2007
Voyage, voyage... Cuarto día. Gárgolas, museos y crêpes
De ahí nos fuimos al Museo d´Orsay. Cuando salimos del metro descubrimos asombrados que nuestro querido adivino Rappel es persona non grata en París, vean, vean, si no:
Cuando llegamos al museo había una larguísima cola en zig zag, y Grego y yo nos pusimos al final, claro está, aunque no por mucho tiempo, jejeje. Grego me dijo que fuera a preguntarle al pollo de la puerta que si tenía que pagar entrada con mi carnet de discapacitada. Yo protesté porque era la entrada de grupos, la entrada de visitantes individuales estaba en la otra punta, pero tras un breve forcejeo verbal, fui hacia el portero mientras mascullaba entre dientes el discursito que iba preparando en francés. El caso es que el señor, muy amable, tras comprender que yo era discapacitada y española (a pesar de la desconocida banderita de Extremadura que ostenta el carnet), me quería hacer pasar inmediatamente por la entrada de grupos, pero le dije que esperase un segundín y fui a rescatar a Grego de la cola. Entramos felices y contentos gracias a mi mágica llave que nos ahorró tiempo y dinero.
El Museo d´Orsay era una antigua estación de tren reconvertida en un maravilloso museo con una luz muy especial. Es de reconocer el partido que le han sacado al edificio, tiene hasta una enorme sala de baile de lo más rococosa, pero muy bonita. Lo primero que llama la atención es el enorme reloj dorado. Luego vas por las salas diciendo "¡oh!" y "¡ah!" ante la cantidad de pinturas famosas. Por cierto, hay una representación de Gaudí y esculturas de Camille Claudel, que me hicieron mucha ilusión. Y no recordaba hasta que me lo encontré que estaba ahí el famoso "Origen del mundo" de Courbet. Habrá quien se escandalice, pero a nosotros nos pareció un cuadro muy bonito, aunque muy osado para la época. Creo que se impone otro Slide (seré breve):
Bueno, en el museo estuvimos hasta por la tarde. Comimos allí en lo que los franceses llaman una "mezzanine",o lo que es lo mismo, una especie de entreplanta que puede estar en cualquier piso y que ellos aprovechan para autoservicio. Me hubiera gustado comer en el restaurante rococó del museo, pero era algo carillo (tampoco mucho) y lo que es peor, mientras a mí me gustaba todo lo del menú, a Grego no le iba a gustar nada, había demasiado pescadito , así que optamos por los sandwiches de pollo tandoori de la mezzanine dichosa.
Es uno de los museos más bonitos que he visto, tanto por su continente como por su contenido, pero me niego a establecer comparaciones con el Louvre. Son dos museos diferentes, el Louvre es heterogéneo, hay de todo, y el Orsay es monotemático, por así decirlo, sólo se ciñe a una determinada época.
Después del museo..¿qué hicimos? Se me ha ido el santo al cielo.Ah, sí, como ya habían hecho acto de aparición las burbujas en mi pie derecho (se ve que cargo más peso en un pie que en otro, es decir, ando de lado como un pato), nos fuimos al hotel, nos duchamos y nos echamos una siestuca. Luego sobre las siete o así, nos compramos unos crêpes. Yo me lo pedí de plátano y Grego, el muy goloseras, de Nutella. Claro, no pudo acabarlo, era demasiado. Y es que los crêpes, aunque son exactos a los que yo hago, son enooormes, no mis menudencias tamaño sartén chiquita. Luego Grego propuso que fuéramos a hacerle más fotos a la Torre Eiffel de noche. Aunque estaba con los pies destrozaos, no le puedo negar nada a mi pequeño gran hombre, y allá que nos fuimos, y menos mal, porque nos despachamos a gusto (esta vez no subimos) haciendo fotillos a las lucecitas que titilaban. Llegamos justo a tiempo. He aquí una pequeña muestra:

Ésta última foto está tomada desde el Trocadèro.
Y con esto, fin del cuarto día.
Una buena noticia
miércoles, septiembre 05, 2007
Voyage, voyage. Tercer día. La gran paliza.


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Tengo que confesar que subiendo por las escaleras me dio un semiataque de claustrofobia, al ver que no se acababan nunca y no podía ver por dónde iba. Además, eran tan estrechas y bajitas, que deleité al resto de los turistas canturreando "Mediterráneo" de Serrat para espantar esa pequeña angustia. Fue lo primero que se me vino a la cabeza.
Una vez bajamos, nos dimos cuenta de que con nuestro billete de metro podíamos usar el funicular (grrrr...); al menos, bajamos cómodamente sentados, ya que subir, no subimos muy cómodos. Callejeando por Montmartre, vimos una tienda muy cuca llamada Les Pylones, donde vendían cantidad de chuminadas de colorines, tales como paraguas en forma de muñecas, tostadoras de colores, era todo muy bonito, pero muy caro. Allí me agencié un boli muy chiripitifláutico y un paraguas en forma de gitana para mi madre y otro para mi cuñada.
Volvimos al metro y, ¡oh!, en la estación de Concorde vimos las primeras escaleras mecánicas de París, que, además, funcionaban. Llegamos a la Plaza de la Bastilla. Nos sentamos en la Ópera un rato a ver qué hacíamos. Aviso: no queda nada de la antigua fortaleza de la Bastillas, aquello es una plaza modernilla. Si quieren ver algo, bajen a la estación de metro de Bastille y ahí queda algo de un muro, pero algo ridiculín que casi pasa desapercibido.Como andábamos cerca, fuimos a la Plaza de los Vosgos. Oye, qué bonita. Por cierto, por el camino nos bebimos la primera Piticola a precio españó, en un bar de chinos.
La Plaza de los Vosgos, decía. Me encantó. Estuvimos allí como una hora relajándonos a la sombra de los árboles en el parque y deleitándonos con la vista de los palacetes, que allí llaman Hôtels. En esta placita tan mona nació nuestro buen amigo Richelieu y vivió Victor Hugo, cuya casa se puede visitar. Antiguamente, en los palacetes que rodean el parque vivía la corte de Enrique IV, creo, no me hagan demasiado caso. Ahora alrededor de la plaza hay un montón de galerías de arte y cafés no demasiado caros. Es un sitio un poco zen, porque cuando salimos de allí, íbamos más relajaditos. He aquí algunas fotillos:
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