

Por supuesto, la letra sigue siendo la uncial latina, a ver si cambio de registro y pruebo con la letra inglesa, que ya aburro.
Ya digo que leo de todo, desde intriga histórica a novelas de aventuras, desde novelas rosas a literatura juvenil, desde Platón a J.K.Rowling. Y cuando pienso que en la mesilla de noche me está esperando una maravillosa historia empezada, siento más placer que al encenderme el primer cigarro del día.
Aunque esté hasta arriba de trabajo, aunque me examine de oposiciones al día siguiente, leo. Eso me permite evadirme como si fuera una máquina del tiempo a otro sitio, y a otra época a veces, y me estremezco de espanto si por un momento vuelvo a la realidad y recuerdo que tengo que madrugar porque mañana me examino. Pero rápidamente sumerjo la nariz otra vez entre las hojas y me vuelvo a ocultar en la historia que me espera fiel.
Hay quien me dice que tengo mucha imaginación, incluso me han llegado a decir que de tanto leer me voy a volver loca como el Quijote . Llevo treinta y cuatro años leyendo sin parar y todavía no he ido al psiquiatra. En cuanto a lo de la imaginación, opino que no es exclusivo de mi humilde persona; cualquiera que lea, sabe imaginar. El problema es ponerse a leer, enfrentarse a un libro por primera vez, casi con prevención ante la cantidad de letras que alberga. Luego, una vez nos ponemos en camino, es muy difícil la vuelta atrás.
Yo ya no concibo el mundo sin lectura. Me costó enfrentarme a Otra aventura de los Cinco de Enid Blyton porque tenía más letras que dibujos, a diferencia de los cuentos ilustrados por María Pascual. Lo hice por aburrimiento, una día de gripe en el que me encontré que era el único libro que me quedaba por leer. Al segundo capítulo estaba perdida irremisiblemente en el vicio de leer. Y hasta ahora. Nunca lo he dejado ni quiero dejarlo o me entrará el terror de sentir mi vida un poco más vacía.