
Me imagino que tardaré muchísimo en leerlo, pero me da igual. No puedo esperar a que salga la traducción al castellano, que también compraré cuando la publiquen. Esta noche empezaré a leerlo, a ver qué tal se me da Harry Potter en su lengua materna.
Así que ahora oigo a medias, pero al menos, no me duele la oreja. A veces pienso que una mañana de verano me levantaré y veré que se me ha quedado la oreja sobre la almohada. Es molesto llevar uno sí y otro no, es como llevar gafas con un cristal puesto y otro quitado. Es más molesto, porque no oigo si me llaman, no entiendo bien la tele, y a Grego lo oigo como si me hubieran puesto un trapo en la oreja. Hago como los viejos y giro la cabeza para escucharle por el otro audífono. A veces, como recuerdo a Buñuel en una foto, hago un cuenco con la mano a modo de bocina y me digo a mí misma que soy una antigua.
Así que aprovecharé las horas de la tarde sin salir de casa para andar coja del oído, pero aliviada al menos. Cómo puede una oreja doler tanto por semejante minucia. Me pondré Plasimine para que se vaya secando, pero hasta dentro de un par de días no se me secará y me seguirá doliendo. Es un dolor agudo y desacostumbrado, mareante cuando el molde toca el minúsculo grano que mis dedos son incapaces de encontrar; pero sé que está ahí, pequeño y terrible.
Esta noche tendré que ponérmelo, o si no me comportaré como una alelada. Cuando no oigo, huyo de las conversaciones, y no me gusta hacerlo. Ayer, en el karaoke había tanto ruido que me resultaba imposible hablar con nadie, salvo que tuviera que decir alguna cosa puntual, así que tenía aspecto de aburrida (me pongo a leer las letras de las canciones y a ver hasta qué punto los vídeos tienen relación con las letras; eso me entretiene...hasta que me entra sueño).
A veces me da coraje depender de esos dos pequeños elementos para poder hacer una vida social más o menos adecuada, pero tengo que reconocerles el mérito de que han cambiado mi vida, haciéndola más cómoda, y permitiéndome haber conseguido cosas que sin ellos sólo hubieran sido material de sueños.
Cuando me los puse por primera vez, tenía trece años, y me encantó llevarlos, hasta tal punto que me corté el pelo para lucirlos mejor. Por aquel entonces, atesoraba un cromo que me dio una compañera de clase del Hombre Biónico y yo quería ser como él. Estaba más tonta que mandar hacer, pero al menos el hecho de ponerme audífonos nunca me supuso un trauma. Es una suerte que siempre haya sido tan novelera; para mí, ponerme los audífonos era una novelería más que nadie más de mi entorno podía gozar. Eran un tesoro (y lo son, cada vez más caros), ¡con lo que me gustan a mí los botoncitos y las ruedecitas! Y descubrí que gracias a ellos podía manejar a mi antojo la comunicación y cerrarme a lo que no me apetecía oír, rebajar el volumen de los ruidos molestos, mientras que los oyentes tenían que aguantarse... ¡qué dos maquinitas más saladas!
Sólo en verano me dan la lata, como ahora, pero ya dependo de ellos para todo, salvo en el agua y en la cama, y me tengo que aguantar. Menos mal que quedan las siestas del sábado, sin hacer nada, para poner a descansar mi maltrecha orejita.