
- Hamburguesas preparadas del Aldi. Le quitas la cebolla ésa con la que vienen, que tiene una pinta asquerosa y verduzca.
- Latita de guisantes y zanahorias baby (¡escurrida, que si no, termináis para la hora del desayuno!)
- Un tomate natural pelado y picadito.
- Dos ajitos.
- sal, aceite y huevos (como tres o así).
PREPARAZIONE:
Después de quitarle las horribles cebollas a las hamburguesas, se pican en la picadora, valga la rebuznancia. En una sartén se fríen los ajitos a fuego lento, cuidando de que no se pongan muy negros. Se añade el tomatín y se deja ablandar; luego va la latita de guisantes y zanahorias. Existe la opción de regalar todo esto con un chorreoncillo de tomate frito, pero eso no es obligatorio. Cuando ya está todo blandito, se añaden las hamburguesas picadas (como ya están hechas, no hace falta dejarlas mucho tiempo). Se deja mermar el posible líquido que tenga el mejunje. Mientras, se baten los huevos. Si no tenéis muchos y pensáis que no van a ser suficientes, recurrid al sucio truco de batir primero las claras hasta que suban bastante y luego las yemas. Se echa el mejunje anterior, se comprueba de sal y se cuaja. Queda una tortilla de lujo y quedáis como señores, siempre y cuando no dejéis ver al invitado de turno vuestra despensa arrasada por los hunos de fin de mes.


Me gusta más cocinar que comer. Es el proceso lo que me fascina. Mi cocina es mi laboratorio, mi santuario, donde sólo yo puedo estar mientras cocino. Nadie puede ayudarme mientras estoy allí metida. Sólo yo gobierno en esos nueve metros cuadrados. Tengo absolutamente prohibida la entrada cuando estoy allí, aunque sea para preguntar qué estoy haciendo, o para, simplemente, pasar al patio. Y sin embargo, me queda tanto por aprender. Cocino desde los dieciocho años, es decir, llevo media vida cocinando, pero provengo de una familia de grandes cocineras, y siento que no tengo su nivel. Quizá porque no tengo todo el día como ellas. De todas las hermanas y primas (los hombres de mi familia no muestran demasiada inclinación por estos menesteres, y si alguno lo hace, deja la cocina como si hubiera tenido lugar allí el desembarco de Normandía), la única que disfruta arrimándose al fuego soy yo. Sólo espero seguir mejorando con el tiempo. Pero todavía me da vergüenza llevar mi pepitoria, mi bizcocho de la yaya o mi tortilla de papas a las reuniones familiares. Sólo mis croquetas llegan al nivel requerido, pero eso es pura genética.