Mostrando entradas con la etiqueta descanso. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta descanso. Mostrar todas las entradas

miércoles, marzo 18, 2009

Hola

He estado un montón de días sin internet porque nos hemos cambiado de compañía, así que vuelvo a las andadas por fin, lo he echado de menos un montón, eso de sentarme a las nueve de la mañana a ver el periódico, los blogs, el correo, las redes sociales y los foros donde ando metida. Y gracias a Darth Braul por aullar mi ausencia, jijiji. Bueno, no tengo demasiado que contar, estoy ya de exámenes y correcciones, y la primavera, como siempre, me está sentando fatal. Tengo la tensión a menos ochenta y por mis venas corre café en vez de sangre. Espero que no me salga alergia, para más inri.
Por lo demás, atemorizo a mis nenes con mi aspecto de luchador de full contact, porque se me ha abierto la muñeca derecha y llevo una muñequera de neopreno azul eléctrico que me hace parecer Van Damme.
En fin, no hay mucho que contar, sólo que andamos preparando una quedada motera para el 31 de mayo, aunque en realidad, yo escucho, no hago (ya me tocará, ya...). Hoy hay huelga de estudiantes y voy a Frafra a practicar el dolce far niente.
El 21 de abril, me llevo a los niños de excursión a Mérida, al festival de teatro grecolatino; toca Antígona por la mañana y Aulularia por la tarde, buen cartel, sí señor.
Y, bien, ya les he puesto un poco al día en cuanto a mis actividades. Ahora, a esperar que se me ocurra algo interesante que poner aquí. Hasta prontito.

lunes, febrero 16, 2009

Día de San Valen

Mi día de San Valen comenzó el día 13 por la noche, concretamente a eso de las diez y media largas cuando Mr. G. me recogió en la puerta del insti para irnos a Villanueva del Duque. Antes de emprender tan proceloso periplo me hizo entrega de mi regalo. Ya, ya sé que no soy muy original, pero a mí me encanta que me regalen esas cosas. Y no sean mal pensados, oigan, que no estoy hablando de juguetillos sexuales ni ropilla interior roja de bataclana (mi ropa es blanca, de algodón y un perfecto antídoto contra la lujuria, debido a mi poco amor a la lencería).
Hablo de dos libros, claro. El cuento nº 13 y La sombra del viento, que siempre quise poseer.
Al día siguiente ya era el santo de marras. Mr. J. le regaló a Lady MC. un bonito reloj, y Mrs. Rose a su Mr. Jk., un ajedrez. Buenooooo....ya estábamos regalados. Con lo que no nos podíamos regalar era con comiditas. Esta vez nos quedamos más bien cortos, y sólo teníamos para un almuerzo, por lo que decidimos celebrar el santo de los enamoriscados en el chino de Pozoblanco. Mientras los habitantes del celeste imperio nos traían la manduca, cosa que se demoró bastante porque había overbooking, nos dedicamos a grabarnos en vídeo haciendo mofa, befa y escarnio de la seriedad de tan fausto día, dándonos besitos con cara de galanes y galanas ochocentistas, ya saben, parpadeos a la velocidad de un colibrí y boquitas apiñonadas.
Los celestiales, haciendo gala de su habilidad para conseguir imposibles, nos consiguieron una mesa de nueve. Me encantan esas mesas chinescas, porque son redondas, nos vemos todos muy bien las caras y en medio tienen un adminículo redondo que gira para facilitar el traspaso de bandejitas de unos comensales a otros. Sin embargo, a diferencia de la pasta, este prodigio sí que lo inventaron los italianos, bajo el nombre de Giratutto, ¿o no se acuerdan de él? Bien, el giratutto de marras fue el choteo de la noche, sobre todo, cuando a los postres (no pedimos, es un modo de hablar), Mrs. Rose no pudo resisirlo más y le imprimió un pequeño impulso. ¡Nunca lo hubiera hecho! Toda la cristalería, las botellas de agua los tenedores y los cuchillos salieron volando...en dirección a Mr. G., que quedó hecho un ecce homo, lleno de manchurrones de líquido. ¡Glup! Y la guardia civil haciendo controles... Mr. G. se preparó de urgencia un discurso acerca de la emoción que le produce la contemplación del Cuerpo, hecho que provoca la relajación de sus esfínteres. Yo opinaba que era innecesario, ya que no era pis sino agua lo que salpicaba su ropa, pero de todos modos me pareció poético y dejé que siguiera imaginando...
Efectivamente, si a la ida estaban en nuestro carril inspeccionando que íbamos bien amarrados, a la vuelta, estaban en nuestro carril deteniendo a los devotos de Baco. Mr. G. sopló y sopló... y el numerito no subió y se quedó en cero patatero. El agente lo miró afectuosamente y le regaló el chirimbolo por donde había soplado como premio a los niños buenos. Qué bonito es San Valen. Mr. G. no pudo soltar su discurso, pues el hecho de que uno de los Van de Verde le regalase algo el día de los enamoriscados lo dejó sin habla.
Y en fin, vuelta a nuestro latifundio, donde dio lugar el sábado, sabadete, comida china y falete (nota: falete es el cubata servido en un macetón talla XXXL, no el/la artista). Yo por mi parte, me fui a la camita y dejé a Mr. G. jugando a los naipes con los otros nobles caballeros. Tras soportar numerosos apagones que sólo se producían en mi habitación y no me dejaban leer, ignoré a los poltergeist y me dormí. Como ven, todo muy romantique. Por las narices.

lunes, febrero 19, 2007

Lunes de descanso

Hoy no trabajo, ni mañana tampoco. Me he levantado tarde. No me gusta hacerlo, me da la impresión de que pierdo el día, pero el sábado fue mortal de necesidad, y ayer todavía arrastraba el cansancio. Como para estar en una comparsa, igual que mi hermana Pili, ahí la tienen ustedes, metro y medio sobre la superficie de marcha desaforada y carnavalera:



No, yo soy más tranquilita, por eso, cuando salgo y rompo la pana, como me ocurrió el sábado, luego quedo para el arrastre. Y aunque me lo paso bien, no puedo dejar de pensar en el silencio de mi habitación y el placer de leer un libro en la cama, a la luz de mi lamparita. O en su defecto, si el sueño no viene, me gusta sentarme ante el ordenador y trastear por esos mundos virtuales.


Pero vaya día que nos ha salido hoy, nublado y frío...



Es un día para quedarse en casita, calentita y a gusto. Luego, ponerse a cocinar tranquilamente, disfrutando de la lenta alquimia de los fogones, jugando con la vista, el oído, y sobre todo, del olfato y el gusto. Qué placer el del olor del ajo al freírse, el dorado del aceite, el sabor de la comida bien hecha. Me encanta cocinar por placer. Cuántos sábados por la tarde me he puesto a cocinar en vez de sentarme a ver la tele, buscando una receta nueva, o simplemente inventándomela. Me gusta más cocinar que comer. Es el proceso lo que me fascina. Mi cocina es mi laboratorio, mi santuario, donde sólo yo puedo estar mientras cocino. Nadie puede ayudarme mientras estoy allí metida. Sólo yo gobierno en esos nueve metros cuadrados. Tengo absolutamente prohibida la entrada cuando estoy allí, aunque sea para preguntar qué estoy haciendo, o para, simplemente, pasar al patio. Y sin embargo, me queda tanto por aprender. Cocino desde los dieciocho años, es decir, llevo media vida cocinando, pero provengo de una familia de grandes cocineras, y siento que no tengo su nivel. Quizá porque no tengo todo el día como ellas. De todas las hermanas y primas (los hombres de mi familia no muestran demasiada inclinación por estos menesteres, y si alguno lo hace, deja la cocina como si hubiera tenido lugar allí el desembarco de Normandía), la única que disfruta arrimándose al fuego soy yo. Sólo espero seguir mejorando con el tiempo. Pero todavía me da vergüenza llevar mi pepitoria, mi bizcocho de la yaya o mi tortilla de papas a las reuniones familiares. Sólo mis croquetas llegan al nivel requerido, pero eso es pura genética.