Nunca he visto torear a José Tomás. Pero es que aunque lo viera, tampoco cambiaría mucho la cosa, porque no entiendo de toros. He tenido que bucear en entrevistas y creer en las palabras de Joaquín Sabina para cambiar mi concepto de José Tomás.
Tras la apoteosis en Las Ventas del otro día, en el trabajo no se hablaba de otra cosa que de José Tomás. Los periódicos revoloteaban de mano en mano y todos, taurinos, antitaurinos y tibios de corazón hablábamos del asunto. Al menos, este hombre borró durante los treinta y cinco minutos del recreo la crisis, los exámenes, las notas, la próxima huelga y toda nuestra morralla diaria, y convirtió la sala de profesores en una cátedra taurina.
De él se dijeron muchas cosas, y yo me asombraba del tema monográfico que sostenían (yo escuchaba) casi cuarenta profesores en diversos corrillos, unos amparados por el Hoy, otros por El País, otros por El Mundo, ilustrando sus opiniones con la foto terrible de José Tomás, ileso, pero aparentemente a punto de ser empitonado.
"Es que no se mueve, como los antiguos"; "es un suicida"; "es como Manolete"; "Desde el siglo XIX no hay toreros así"...
Y yo, sin enterarme de que había por ahí semejante torero, del que sólo conocía el nombre.
(Mi padre, profundamente taurino y buen entendido, reconoció su valía, pero, claro, me dijo que Perera no le andaba a la zaga, que toreó al día siguiente de la apoteosis y muy bien toreado, lo cual es otra gesta heroica).
Reconozco me sedujo la idea de que José Tomás fuera un suicida, un tío raro y con un oscuro secreto que lo impelía a dejarse matar con arte, tarde tras tarde, poniéndose pegado al toro y sin moverse. Me sonaba más a torero de leyenda, a personaje de novela que fuera así. Pero no. Mi gozo en un pozo. José Tomás busca la perfección en el toreo, más claro, agua. Pero de niño coqueteó con el fútbol (es del Atleti, como yo), colecciona ositos de peluche, y en vez de rezar se le pasan por la cabeza fragmentos de Sabina. Un hombre normal y corriente.Bueno, dentro de lo que cabe. No es muy normal ponerse frente a un toro y darle capotazos con arte y salero, y luego acabar dándole la puntilla con una espada. La gente normal y corriente no usamos capotes ni espada. Pero no es un Edipo taurino marcado por un destino espantoso que le empuja a dejarse matar por una bestia de cuernos como alfanjes. Eso es lo que nos gustaría. Si Sófocles levantara la cabeza, qué gran tragedia bebería en José Tomás.
Pues no, no tiene el aura oscura de Edipo, ni la tristeza de Manolete, aunque nos guste pensar que es un caballero de capa y espada escapado de algún siglo. Lástima.